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CUBARTE

Opinión

El Evangelio según el Imperio

Por: Eliades Acosta Matos   CUBARTE 2003-06-05

“No hace la librea el traje, sino el espíritu con que se lleva”.

Son palabras de Don Miguel de Unamuno, a principios de junio de 1931, en el discurso inaugural del curso académico de la Universidad de Salamanca, de la cual era Rector desde hacía treinta años. Se adentraba España, por aquellos días, en un período de cambios revolucionarios que habían acabado con la dictadura de Primo de Rivera y con la Monarquía. Se sentían ya, no obstante, los vientos de fronda de la reacción contrarrevolucionaria, presagios de la noche que sobrevendría tras el pronunciamiento de los generales golpistas cinco años después. Si España se adentraba en un camino de transformaciones revolucionarias, de rupturas con el pasado, pensaba Don Miguel, era su deber advertir sobre cierta flaqueza de espíritu, cierto extraño aferramiento a la innoble pero segura librea lacayuna, parcela innoble a cuya puerta llamarían en busca de aliados o cómplices todos los intentos de restauración.

Y si en el alma de los hombres encargados de revolucionar la sociedad se refugiaba el germen latente del pasado, pensaba con razón Unamuno, era allí donde la cultura debía extirpar aquella nefasta fascinación por los uniformes de criados y porteros, tan genialmente satirizada por Gogol y Chéjov en su momento, la inercia de siglos de servidumbre destilada gota a gota sobre las almas durante generaciones, el sagrado temor ante la omnipotencia de los señores, la falta de confianza en el pueblo y las fuerzas propias, rasgos que conformaban, y siguen conformando, la retaguardia segura de todas las claudicaciones, antesalas del colaboracionismo y la contrarrevolución.

Poco ha cambiado de entonces acá, si acaso para mal. Lo que en 1931 era el fruto espontáneo de las relaciones sociales de dominación, y algo de encanallecimiento personal, de decadencia espiritual, es ahora una lucrativa carrera que se promociona y se estimula a tambor batiente, que se convoca desde la cuna postmoderna. El pudor y disimulo han cedido su lugar al soborno descarnado, a la compra de conciencias vacilantes, que son luego marcadas con el hierro candente del orgulloso propietario. En estos casos, tan frecuentes hoy, como en las viejas historias fáusticas lo que empieza por defecto termina por exceso: el pacto vergonzoso, una vez rubricado, no puede ser jamás desecho.

Un complejo entramado de estímulos tentadores ha sido diseñado para propiciar esta cosecha. Se muestra a los apóstatas como a triunfadores geniales. Se les recompensa con becas, premios literarios, cátedras, publicaciones generosas, aplausos sospechosamente unánimes. Se les prodigan espacios gloriosos en diccionarios y enciclopedias. Se les da la bienvenida al canon, o lo que es lo mismo: se recomiendan sus obras para que sean incluidas en los programas de estudio de las universidades norteamericanas y europeas. Se produce, en consecuencia, una situación única: los señores abren diligentemente la puerta para que pasen los porteros de librea, utilizando para ello la mejor de sus sonrisas, cierto que algo mefistofélicas, ¡pero se necesita tan poco para ser feliz!.

A nadie debe extrañar que una oscura coincidencia sobre un puñado de temas sea apreciable en lo que escriben y dicen pensar las nuevas hornadas de lacayos, pero más aún, en lo que declaran sobre los problemas terrenales cuando les es ordenado bajar al mundo real. Son demasiado inteligentes para que se les pueda tachar de ingenuos o desinformados. En el fondo ha de reconocérseles una virtud: jamás osarían rebelarse contra el sentido común que impera, contra la seguridad que brinda, contra el seguro abrigo que proporciona, contra las fáciles retribuciones que implica, no incumplir jamás el contrato firmado. Si se mira desde este ángulo, estamos en presencia de auténticos caballeros victorianos, seráficos empleados de la fábrica mundial del pensamiento único la más exitosa y rentable de las maquilas neoliberales.

Quiero pensar que en la soledad de sus almas guarden algún rescoldo de remordimiento para lamentar el estar al servicio de señores tan indelicados e ignorantes en lo que a verdadera cultura se refiere. Precisamente por eso los señores los miran con explicable suspicacia: prefieren, claro está, lacayos con menos luces, aunque huelan un poco peor.

I

Para Guillermo Cabrera Infante la guerra contra el pueblo iraquí... “ha sido más que beneficiosa: ha sido necesaria”, porque... “siempre es grato ver caer a los tiranos.”(1) No cabe duda: el derribo de la estatua de Sadam de la que Cabrera se regocija por considerarla un símbolo de lo que aparentaba solidez pero carecía de contenido, justifica los miles de civiles masacrados, los brazos y la horfandad de Alí, el niño evacuado recientemente a Kuwait para tratar de salvarle al menos la vida, debido a las graves quemaduras sufridas por los bombardeos liberadores norteamericanos, el millón de libros y manuscritos quemados en el saqueo e incendio de la Biblioteca Nacional de Irak, los casi 200 mil objetos patrimoniales saqueados del Museo Nacional, la destrucción de la cultura y la memoria milenaria de todo un pueblo, de la humanidad en su conjunto: esos siete mil años de historia barridos de un golpe.

Debemos congratularnos de que el señor Cabrera Infante siga siendo un escritor y no haya cedido a la tentación de colgarse los galones de cabo furriel al servicio de Toni Blair, o de Donald Rumsfeld, ni que haya puesto la fuerza de sus obsesiones al servicio de los bombardeos a Bagdad o de las columnas de tanques que no pudieron con la resistencia de Nassirriya, pero lograron una victoria decisiva contra una estatua. Menos mal que quien así se pronuncia se reputa todavía como un hombre de la cultura y el espíritu.

En cuanto a Cuba, hay poco que agregar en las recientes declaraciones del señor Cabrera Infante: el pueblo cubano no debe temer el peligro de una invasión norteamericana porque a este último gobierno le basta. .. “con el embargo”,(2) entendiendo por tal la prohibición de comerciar apenas con los Estados Unidos. En rigor, ha sido pronunciada la profecía de esta vieja sibila del mal y a los cubanos de la Isla apenas nos corresponde caer de hinojos y reverenciar al dios que por su boca ha hablado: nadie debe perder el sueño por los misiles y las bombas corta-margaritas que puedan pulverizar Bayamo, Cienfuegos, La Habana o Santiago de Cuba; nadie debe temer que sus hijos, sus nietos o sus padres sean volatilizados por las bombas de fragmentación prohibidas por las convenciones internacionales, ampliamente usadas por los agresores allí donde hallan resistencia; nadie debe temer que los colores del cielo cubano sean cambiados por los tintes surrealistas que llenaban el cielo de Bagdad cuando estallaban sobre ella las bombas y proyectiles con uranio empobrecido y otros engendros bélicos de origen secreto.

Gracias a esta extraordinaria revelación del señor Cabrera Infante, por lo demás muy bien informado de los planes del imperio, no tenemos nada que temer: ya se ha decretado que no seremos victimas de la barbarie de una agresión foránea, y que no moriremos a causa de las bombas o los misiles Tomahaws de nuestros liberadores, sino de causa más civilizada y políticamente correcta. Los que habitamos la isla moriremos no más de hambre y enfermedades, lo cual ha de ser muy económico para nuestros verdugos y no concitará esas molestas demostraciones de los pacifistas. “¡Qué suerte tiene el cubano!”, como rezaba el viejo slogan publicitario de la cerveza “Hatuey”.

En el coro de las pitonisas de mal agüero se ha ganado un lugar especial un tal Larry Klaman, dice que presidente de una supuesta ONG norteamericana llamada “Judicial Watch”, de la que jamás escuchamos cuando los cubanos reclamábamos el regreso del niño Elián González, ni después, cuando cinco presos políticos cubanos fueron condenados injustamente en Miami por el delito de luchar contra el terrorismo, tampoco cuando se ejecutan niños o retrasados mentales en Texas. Este señor, saliéndose del libreto asignado a organizaciones como la que dice presidir, acaba de declarar en Washington que, una vez removido del poder Saddam Hussein,... “Fidel Castro debería ser el próximo en la lista de los Estados Unidos.”(3) Al parecer, no hay diferencias entre los energúmenos que en Miami desfilaron bajo la consigna “Irak ahora y Cuba después”, y este presidente de corte virtual al que debemos agradecer que haya sido asignado a estas labores de propaganda y no a presidir cortes de verdad, si tenemos en cuenta las perlas de su boca, y su capacidad de condenar sin apelación hasta a Perry Mason.

A juzgar por el número y calidad de los que se disputan el dudoso honor de señalar los blancos para los próximos bombardeos a los estrategas del imperio, la innoble tarea de mamporrero está, al parecer, generosamente retribuida en las nóminas de la corte imperial.

Nunca como por estos días recuerdo uno de los dichos preferidos de mi abuela: “Maldición de burro, no llega al cielo”. Y aún si llegase, eso no le quita el sueño a los millones de cubanos que el 1ro. de mayo salieron a las calles para respaldar la Revolución y la Patria.

A propósito, semejantes manifestaciones jamás tuvieron lugar, si nos atenemos a lo publicado por las trasnacionales de la desinformación, que son, lamentablemente, a las que se atienen muchos de los que condenan hoy a Cuba sin molestarse a verificar sus fuentes de información, ni tomarse el trabajo de pensar con cabeza propia.

Propongo al Sr. Klaman que formemos una ONG llamada “News Watch”. A lo mejor así justifica su presidencialidad.

II

El 29 de abril se conoció la noticia de que una manifestación pacífica de ciudadanos irakíes residentes en Faluja, al oeste de Bagdad, y que reclamaba la salida de las fuerzas de ocupación norteamericana de la escuela que escogieron para establecer su cuartel, había sido masacrada por la soldadesca con un saldo de 15 muertos y cerca de 70 heridos, entre los primeros varios niños menores de siete años. Hasta el momento en que escribo, ningún adalid de la democracia y los derechos humanos; ningún vociferante defensor de elevados principios y libertades; ninguna venerable organización al estilo de la UNESCO; ningún intransigente luchador contra la pena de muerte por razones de conciencia, religiosa o filosófica; ningún laureado escritor inclaudicable; ningún irreductible abogado de los derechos a la sacrosanta libertad de expresión y libre acceso a la información; ninguna ONG “Watch” o Sin Fronteras”; ningún político español o italiano; ninguna luminaria de la canción o el cine que vive de las rentas de un ayer más o menos libertario; nadie, repito, ha tenido el valor de reclamarle al gobierno cuyas tropas fusilan en medio de la calle, sin juicio alguno, Sr. Klaman, a niños y ciudadanos pacíficos que reclamaban una escuela para sus clases.

Para no divagar ni discutir sobre el sexo de los ángeles, me gustaría que quienes se han ensañado contra Cuba por las medidas de legitima defensa que se ha visto obligada a tomar en los últimos días, en el marco de sus leyes, contra quienes las violan, trabajando jubilosamente a sueldo del imperio por fabricar los pretextos de una agresión militar, o los que secuestran a niños, mujeres y hombres mediante el uso de armas y explosivos para ganar la entrada al paraíso que promete la “Ley de Ajuste Cubano” (¿habrá oído hablar de ella el atildado Sr. Kaplan?), elevasen su voz, aunque fuese tímidamente, para salvar al menos la honrilla, ante el crimen de lesa humanidad y lesa cultura cometido por los Estados Unidos en Faluja.

Ya no pueden alegar el pretexto de que se debe derrocar a Saddam: ya está derrocado. Tampoco el de las armas de destrucción masiva: no existen en dicha escuela. Mucho menos que han venido a “liberar y democratizar” a los irakíes: pregúntenle a los habitantes de esa ciudad lo que opinan del amigo americano. Y como nada de esto puede ser alegado como disculpa: ¿cuándo volveremos a ver el espectáculo de Zoe Valdés encadenándose como protesta a las rejas del consulado norteamericano en París, cuidando que no se le corra un maquillaje digno del Kabuki, o a su marido sin fronteras tratando de penetrar por la fuerza, cámara en ristre, versión kitch de un Indiana Jones de mandíbula gelatinosa, en las más que bien protegidas sedes diplomáticas de ese país? ¿Cuándo escucharemos que los diputados del partido de Silvio Berlusconi claman porque la Unión Europea inicie un embargo comercial contra los perros calientes, los chiclets y las Play Boy que llegan a Italia desde los Estados Unidos? ¿Cuándo volverán a asombrarnos y a sorprendernos, algunas viriles declaraciones españolas de que “las injusticias y los crímenes contra la humanidad han de ser denunciados por los ciudadanos vengan de donde vengan”,(4) lo cual no deja de causar estupor si sabemos que esas voces viriles no se han caracterizado, hasta el día de hoy, para condenar los crímenes del gobierno israelí contra el pueblo palestino, ni denunciando los más de 615 niños de la calle asesinados en los últimos quince meses en Guatemala?

No pido que condenen el bloqueo genocida e inmoral que durante más de cuarenta años han mantenido diez administraciones norteamericanas contra el pueblo de Cuba: sería perder el tiempo, pues teniendo sobradas oportunidades de hacerlo, nunca lo hicieron.

A fin de cuentas, está bien para la imagen un poco de rebeldía sin mucho riesgo, pero ya se sabe: todo en exceso es perjudicial.

III

Se dice que el avión de pasajeros secuestrado que se dirigía contra la Casa Blanca el 11 de septiembre no cayó a tierra por mandato divino, sino derribado por los misiles de los F-15 que habían salido a interceptarlo, a toda costa. Después que se efectuaron esos disparos contra una nave de pasajeros, decretándose la muerte inapelable de decenas de inocentes para evitar desgracias mayores, contadas voces se elevaron en el mundo para cuestionar una decisión tan monstruosa, que castigaba por igual, y sin apelación, a victimas y verdugos. Al parecer, el endeble argumento de que se había actuado con rigor para evitar males mayores actuó como un extraño bálsamo que logró acallar muchas conciencias.

Muchos de quienes callaron entonces, avalando la opción del mal menor, son los que ahora niegan el agua y la sal a Cuba por haber juzgado y condenado a muerte a tres terroristas con pésimos antecedentes penales, uno de ellos convicto de asesinato, que pusieron en peligro la vida de decenas de personas inocentes al tratar de desviar una embarcación hacia la Florida. ¿Cuántos niños y mujeres sin culpa alguna, cuántos ciudadanos cubanos deben morir para que los terroristas culpables de esas muertes sean lo suficientemente repudiables, y se entiendan las medidas rigurosas tomadas contra ellos? Para que se calmen las conciencias ofendidas y las protestas por los principios vulnerados, ¿los terroristas deben ser árabes y los secuestrados norteamericanos? ¿O a quien aplique las condenas se le exige ser una superpotencia, el imperio que a tantos llena de saludable espanto con su sola presencia?.

En medio de la inmoral e injustificada guerra de los Estados Unidos, España e Inglaterra contra el pueblo irakí, los corifeos del Partido Popular del Sr. Aznar no encontraron argumento mejor para defender su innoble condición de comparsa en el conflicto y la actitud belicista del gobierno, a pesar del clamor de protesta de millones de sus ciudadanos (una verdadera clase magistral de democracia, Sr. Klaman), que la alegación de una frase de vodevil, que en boca de políticos de bolsillo, como ellos, sonaba especialmente patética: “En tiempos de crisis al verdadero estadista se le conoce por desconocer a la opinión pública”. Dejando a un lado que en el caso del señorito de Valladolid no estábamos en presencia de un Churchill, ni de un Bismarck, sino de la versión postmoderna de Harpo Marx imitando las poses mayestáticas del Caudillo, debemos decir que pocos se pronunciaron contra este disparate en específico, que más que disparate era un crimen.

En el caso de Cuba, no sólo se le pretende condenar por defenderse, sino también por no escuchar y acatar las órdenes seniles que se le dan periódicamente para que se pliegue suave y civilizadamente al sistema global; para que vuelva cabizbaja al redil, pidiendo perdón por haber demostrado que otro mundo mejor era posible. En el caso de Cuba, el persistir en el libre camino escogido por un pueblo, no por un estadista, es considerado, no una virtud, sino un delito nefando, el peor de todos los delitos posibles, el equivalente en la Edad Media y posterior al de regicidio, el más grave de todos los crímenes, el que se castigaba con torturas y la ejecución pública en medio de torturas de inenarrable crueldad.

El Acta Patriótica vigente en los Estados Unidos tras los atentados terroristas ha venido a consumar y legitimar el orden pretoriano impuesto por el nuevo “partido de la guerra”, el heredero del que en 1898 propició el debut imperial de ese país en la arena internacional, y que se inició con el fraude electoral, o mejor dicho, el golpe de estado incruento que llevó al poder a la camarilla del “Proyecto por un Nuevo Siglo Americano”, los verdaderos dueños de la marioneta, desde las sombras. En su acápite 125 el Acta Patriótica estipula que cualquier agente del FBI está facultado para pedir y obtener de los bibliotecarios norteamericanos los records de las lecturas que realiza cualquier ciudadano, los sitios que visita cuando navega por Internet y los textos de los mensajes que recibe o envía por correo electrónico. No se necesita presentar ninguna orden judicial para ello.

Y para escarnio de una profesión que ha luchado y alcanzado importantes triunfos en ese país en lucha denodada contra las tendencias represoras y contra la censura cerril que nunca ha dejado de amenazar las libertades públicas, el Acta Patriótica no sólo legaliza y hace ostentación de su carácter represor y policíaco, sino que al prohibir expresamente a los bibliotecarios alertar a sus usuarios de que son sistemáticamente espiados, trata de convertirlos en cómplices y delatores del gobierno en su guerra infinita contra todo lo que lo amenace, sean terroristas reales o pacifistas, activistas antiglobalización o defensores de los derechos de las minorías.

Las condenas contra semejante engendro, dentro y fuera de los Estados Unidos, no han pasado de ser tímidas y cautelosas. En la Web de una importante asociación profesional de los Estados Unidos, una de las más afectadas por las aplicaciones policíacas del Acta Patriótica, el único documento que exige demostrar la membresía a la misma para poder ser accesado es, precisamente, el que recoge una especie de toma de posición ante esta medida digna del Gran Hermano. Tampoco su buscador halla ningún registro cuando se le pide listar términos relacionados con el Acta Patriótica, como si no existiera. El usualmente hiperactivo y diligente Comité para el Libre Acceso a la Información y la Libertad de Expresión de la Federación Mundial de Asociaciones Bibliotecarias, conocido como IFLA-FAIFE, que en 1999 y en el 2001 dedicó sendos informes a escudriñar dicho tema en Cuba, precedente que no se ha repetido aún con ningún otro país del mundo, no se ha dado por aludido ante tal monstruosa violación de sus postulados y los códigos de ética de las asociaciones de bibliotecarios de medio mundo, en primer lugar, la de los propios Estados Unidos.

Estos pocos ejemplos, tomados al azar entre muchos más que podrían ser citados, tienen por objetivo golpear como último aldabonazo sobre las conciencias dormidas o incautas de quienes aún puedan alegar una inocencia a ultranza, a pesar de vivir en el mismo mundo en que vivimos los demás.

Para que la maldad triunfe, nada como un buen manojo de inocentes y virginales, si los hubiese.

Después de esto, parafraseando a César Vallejo:... ”¡Venirme luego a hablar del psicoanálisis!”.

IV

Esta nueva campaña de mentiras contra Cuba tiene los pies cortos, y ya está cayendo por su propio peso. Cada día que pasa es un día perdido para sus promotores. Las filas de los amigos se han ido clarificando, y las de los cubanos se han apretado como nunca, como estamos acostumbrados a que suceda cuando se nos amenaza desde el exterior. Un pueblo, como este, que tiene un alto nivel de cultura y un bajo nivel de miedo ante los peligros; que se ríe de los disparates de sus “libertadores”, y está dispuesto a pelear hasta la última gota de sangre por sus conquistas, sale más fortalecido de estas pruebas. Para los cubanos, da lo mismo un lacayo que un mercenario; un ingenuo desinformado que viste la toga de magíster para sermonearnos, que un señorito franquista que quiere exorcizar la mala conciencia de los que se plegaron ante la dictadura y colaboraron con ella, transformándose ahora en experto en transiciones y democracias. Tampoco nos quita el sueño el imperio, porque llevamos enfrentándolo más de cien años, y aquí estamos.

Tanta alharaca, tantas cartas y declaraciones de condena condenadas al olvido, tantas poses de luchadores incondicionales con condiciones, tanta cobardía e hipocresía, tanta ceguera de los que han hecho de la ceguera su granjería, tanto cálculo zorruno, tanta mediocridad y oportunismo, tanta genuflexión invertebrada, tanta vileza, tanto temor al fascismo que avanza, nada tienen que ver con nosotros. Aunque les duela, también peleamos por los pobres de espíritu.

Y mientras esto escribo, en una tranquila noche de mayo en La Habana, me reconforta que al concluir continuaré leyendo en mi cama, con la mayor paz y placer en el alma, “El Evangelio según Jesucristo”, de Saramago, y escucharé, como casi todos los días hago, esa vibrante canción de Victor Manuel que es “Asturias”, la misma que dice en unas de sus estrofas:

...Millones de puños gritan

su cólera por los aires,

millones de corazones

ondean contra los sables.

Prepara tu último salto

lívida muerte, cobarde,

prepara tu último salto,

que Asturias está aguardándote.

Sola en mitad de la tierra

Hija de mi misma madre...”

Ruego al lector que donde se ha escrito “Asturias” lea “Cuba”, y donde dice “sola en mitad de la tierra”, sonría.

Notas:

(1)Guillermo Cabrera Infante: “Entrevista con Ignacio Camacho para el ABC”, 28 de abril del 2003.

(2) Idem.

(3) La Jornada: “Cuba reelegida miembro de la Comisión de Derechos Humanos”, 30 de abril del 2003.

(4) El Mundo: 28 de abril del 2003.